BIENVENIDOS

Este es el rincón en la Red, del libro LA LETRA PEQUEÑA, de Jesús Sanz Perrón y publicado por EDITORIAL LAMPEDUSA.

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A lo largo de las distintas secciones que componen esta web, podrás conocer a fondo la obra, al autor, e incluso acceder a unos cuantos capítulos para que la puedas empezar a disfrutar desde ahora mismo.

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Jesús Sanz Perrón

Bienvenidos a la web de LA LETRA PEQUEÑA.

Para más información y pedidos: editor@editoriallampedusa.es

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5 pensamientos en “BIENVENIDOS

  1. He aquí un, a modo de ejemplo, un cuentecillo con alguna moraleja que quizá, a lo mejor podría gustar. Con tres novelas a mis espaldas la especialidad de “cuento” es, posiblemente, lo que me toca. Por cierto que tengo unas decenas de ellos que seguiré dando a conocer.
    Título: Homero
    La chica lee extasiada en tanto que yo observo absorto, el paisaje siempre cambiante que, a modo de calidoscopio, se sucede sin solución de continuidad. ¿Cómo puede permanecer indiferente – me pregunto – ante la avalancha de colores: verdes, azules, ocres…, el arco iris, en fin? Irá a su trabajo – pienso –, o quizá le espera su novio, o sus padres, o su hermano. Y yo sigo preguntándome, un punto intrigado, por qué no levanta la mirada, siquiera un instante, para contemplar la maravilla que la Naturaleza nos ofrece cada día. Por un momento tengo la tentación de interrumpirla y recomendarle – rogarle incluso, por favor – encarecidamente el gratuito espectáculo. Y sigo observándola con curiosidad temiendo que se va a perder el prodigio. El tren va refrenando poco a poco la marcha hasta detenerse junto al andén. Hemos llegado al destino, y entonces sí, la chica cierra el libro y yo alcanzo a leer “La Odisea”. “La Odisea” es, al parecer, el título; y debajo “Homero”, el autor, supongo. Y ahora crece mi indignación, al punto que estoy tentado de montar en cólera y reprenderla -de buenas maneras, eso sí – por haberse perdido el espectáculo que la madre Natura nos regala cada día. Hay que ser sublime, me digo, y aprender a escoger en cada instante, carpe diem, lo que la vida nos regala. Nunca acabaré de entender el desprecio de una juventud cada vez más adicta a perder- o ganar, quien sabe- el tiempo leyendo best sellers que no conducen a ninguna parte y la absoluta indiferencia por una belleza que tenemos ahí, al alcance de la mano pero que se desprecia impunemente. Y al fin pienso: ¡Qué confundida está pero qué razón tiene!

  2. De pronto tengo la impresión de que necesito escribir…., y publicar. Ahora mismo me invade la tentación de mostrar un cuentecillo. No sé si podré resistirme…, creo que no.

    ————- Cuentecillo: “Cosas que pasan” ———-
    Venía yo de comprar el pan – como dijera el otro, pero a la viceversa – aquel domingo de otoño, mediado ya el mes de noviembre, tan tranquilo, tan campante, bajo el paraguas, protegiéndome de la lluvia. Estaba ya frente al portal cuando me di cuenta de que me había olvidado de comprar el periódico. Y yo sin mi periódico es que no soy nadie, no puedo vivir sin él, encuentro que me falta algo. Digo yo que será la rutina, la costumbre, o qué sé yo qué, pero qué quieres, uno es como es y no hay por qué darle más vueltas. Bueno, la verdad es que también influyen –y de qué manera– las circunstancias, que diría Ortega. Por cierto, y hablando de vivir, tengo que admitir que sí, claro que uno está vivo y coleando, no faltaba más, hasta ahí podíamos llegar, pero qué quieres que te diga, el cambio de siglo, o de milenio, o de ambos dos –o de ninguno, que esa es otra, que hay para todos los gustos–, pues eso, a lo que iba, que es que me encuentro como con el paso cambiado, que no me aclaro, de verdad. Y es que, claro, la perspectiva de jubilarme dentro de casi nada – tres meses escasos –, ya en el siglo veintiuno como dicen los más, me ha pillado a contrapelo y, qué quieres que te diga, no me lo acabo de creer del todo, que a veces me da la impresión de que apenas si han pasado unos pocos años desde aquella mi primera llegada a Madrid, hace ahora –quién lo iba a decir– cuarenta y cinco años de nada, toda una vida, y lo peor, sin vender una escoba como aquel que dice.
    Miré los muros de la patria mía, que dijo, hace mucho tiempo, otro – pero otro distinto, no el que iba a comprar el pan –, y a mí, pues eso, lo mismo, todo el esplendor de aquellos tiempos por los suelos, marchitado, y sin tener en donde poner las ojos que no fuese para el recuerdo triste y la añoranza inútil. O como decía Blas de Otero, el gran poeta, coño, qué envidia y quién supiera escribir como él, y qué facilidad para expresar los sentimientos más difíciles e intrincados:

    “Dicen que estamos en el antedía,
    yo diría: no sé ni dónde estamos.
    Ramos de sombra por los pies, y ramos
    de sombra en el balcón de la agonía.

    Madera dulce de la luz: estría
    triste del día que se va. Nos vamos.
    Más que lavar el alba, sombreamos
    el abanico de la noche fría.

    Prefiero fabricar un alba bella
    para mí solo. Para ti, de todos,
    de todos modos, no contéis con ella.

    Otros vendrán, verán lo que no vimos.
    Yo ya ni sé, con sombra hasta los codos,
    por qué nacemos, para qué vivimos.”

    Pues bien, y volviendo al principio, que es que a veces como que se me calienta la azotea y empiezo a divagar y a decir chorradas que no llevan a ninguna parte. Me había olvidado de comprar el periódico, ya digo, y entonces volví sobre mis pasos hacia el quiosco –el de Juan, naturalmente–, siempre lo compro en el quiosco de Juan, no podría leer otro periódico que no fuese de Juan –de su quiosco, quiero decir –.“Hola, Juan” – le saludé como todos los días–. “¡Vaya tiempecito, eh!”. –“Vamos, vamos, don Juan. No es para tanto”–, me contestó Juan tan amable, es muy buen chico este Juan–. “Esta lluvia es muy buena para el campo, don Juan”. –“Sí, supongo que sí”–, le concedí, aunque no de muy buena gana. Sería muy buena para el campo, pero a mi reuma le sentaba fatal. En fin, que cogí mi periódico y empecé a caminar de vuelta a casa dispuesto a sentarme en mi butaca preferida, a leer tranquilamente, sin prisa ninguna, viendo caer la lluvia a intervalos, desde la barrera, tan a gusto. “Joder con el tiempecito este, y la lluvia, y el campo”, iba pensando cuando de pronto ¡zas!, el periódico que da con sus huesos en el suelo, más duro y frío aquel día que el corazón de Filis para su amante, y mojado además, vaya por Dios. Y yo cargado con la bolsa del pan en una mano; y en la otra el paraguas; más la gabardina y toda la impedimenta, que no parecía sino que me había pertrechado para ir a la próxima guerra, Dios mediante. Ya me había pasado otras veces – soy reincidente, por qué voy a decir otra cosa – pero sin mayores consecuencias. Me agaché para recogerlo, y cuando ya lo tenía atrapado y me disponía a reemprender la marcha, se me acerca una mujer –ni joven ni mayor, alrededor de los cincuenta– y, muy solícita, me reconviene:
    – Pero hombre de Dios ¿qué le ha pasado, señor? ¿por qué no me ha pedido ayuda? Le hubiese ayudado con mucho gusto.
    Y yo, pues nada, avergonzado, por nada ya ves tú, lo que pasa es que nunca hasta entonces me había pasado que nadie me hubiese ofrecido ayuda ni nada semejante. Y claro, aquello me dio qué pensar. Instintivamente se me vino a la mente la jubilación, la edad, los achaques, las goteras, qué se yo, lo cual que me entró como una depresión que no veas. No una depresión cualquiera, sino una depresión de caballo, así que me entró un miedo de miedo, con eso te digo todo. A pesar de todo reaccioné bien, la verdad, menos mal.
    – No me pasa nada, señora, muchas gracias. Le estoy muy agradecido, en serio –, dije con entereza.
    – Le hubiese ayudado con mucho gusto –insistió.
    – Se lo agradezco, señora. De verdad. No sabe cómo se lo agradezco–, dije con toda la buena intención del mundo, abarrotado, en efecto, de agradecimiento, pero con un punto de mala conciencia también, y de amargura.
    Y era verdad, ya digo, lo que pasa es que aquello supuso para mí como un descubrimiento –un mal descubrimiento por inesperado– de algo que hasta entonces yo había querido ignorar. Sí, sí, ya sé –y desde entonces me lo repito todos los días, a ver si me lo aprendo de una vez y para siempre – que jubilación viene de júbilo, de jubileo, de alegría, en fin; de tiempo para hacer lo que a uno le venga en gana. Todo esto lo sé, qué quieres, pero es que, coño, no puedo remediarlo. Desde el incidente, o anécdota, o peripecia, o comoquiera que se llame lo del periódico del otro día, es que ando como desasosegado y nervioso. Y es el caso que no tengo motivo ninguno para ello, hace algún tiempo me lo hubiese tomado a beneficio de inventario, pero ahora es distinto. Digo yo que a lo mejor es por culpa del dichoso cambio de milenio, o de siglo –o de los dos, ya digo – que a veces parezco jilipollas, yo, un tío racionalista y ahora resulta que me va a afectar lo del nuevo milenio que dicen, que para mí es una especie de coartada que se han inventado los que yo me sé, entre otras cosas, para asustar al personal. Yo no sé muchas cosas, es cierto, sólo dos o tres, como León Felipe –otro que tal–, pero estas pocas cosas las creo a pies juntillas, con una fe inquebrantable –como la del carbonero –, y de ahí no me saca nadie, qué le vamos a hacer, algún defecto había de tener uno. Yo por mi parte me rebelo contra esa decisión –precipitada a mi modo de ver– y no admitiré tamaño disparate. Ellos con su error, según yo lo entiendo, que a poco tocan, y con su pan se lo coman, y yo con el mío, qué le vamos a hacer, no se puede ser sublime de una vez y para siempre jamás. Y que a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga.
    A todo esto me encontraba de nuevo frente al portal. Subí en el ascensor y me disponía a abrir la puerta cuando levanto la vista y veo a mi mujer ante mí, esperándome.
    – ¿Tú también, Marisa? –me salió espontáneamente, y al instante pensé –qué sé yo por qué–en Bruto, el conjurado y asesino de César.
    – Hale, Juan, vamos a desayunar – dijo, sin contestar a mi pregunta–. ¡Pero si vienes empapado!
    – ¿También tú, Marisa? –repetí.
    – ¿Qué dices, Juan? ¿Qué pasa? ¿Yo también, qué? –me soltó de corrido, mientras cogía la bolsa con el pan y el paraguas.
    Me senté y le fui contando con todo detalle el episodio de la buena mujer samaritana. Marisa me miraba con cara entre divertida y asombrada.
    – Así que ya ves, Marisa, en qué ha quedado todo. En aguas de borraja, como aquel que dice – concluí con desaliento.
    – Las hijas de las madres que amé tánto, me miran ya como si fuese un santo, podrías decir, con Campoamor – dijo con evidente ironía,y soltó una carcajada–. Anda, tonto, qué cosas dices. Tenemos toda la vida por delante.
    – Sí, claro, Marisa, pero lo de esa mujer ha sido un golpe bajo – quise justificarme de alguna manera.
    – Venga, Juan, no digas tonterías. Ahora es cuando estás mejor que nunca. Olvídate. Hale, vamos a desayunar –, me cogió la cara y me besó, pero no como todos los días, qué va. Fue un beso intenso y largo. Y en la boca, sí, sí, en serio, como te lo cuento, que ya casi ni me acordaba. Como que por poco me asfixio, no te digo más. Y yo sentí que con aquel beso estábamos sellando muchos años de felicidad.
    Y desde ese momento vivir es algo gratificante que incluye todos y cada uno de los momentos y actos de cada día, por insignificantes que parezcan. Marisa me ha devuelto la ilusión, por lo que le estaré siempre agradecido. Y así para siempre.
    ———————- Fin ———————–

  3. 1.- Hoy, en TV, 2 de novbre.,día de los difuntos, he visto a Carmona y a T. Cantó “resucitados”
    2- He visto también a A. Garzón en su visita a La Moncloa, para ver a un señor que vive allí. Y Garzón ha dicho, tras la visita: “Estamos de acuerdo en que hoy está lloviendo”
    3- Leído:”Rivera reivindica el legado de Suarez”. Y hasta ahí ha llegado. Lo que me temía.
    4- Visto (y leído) en TV: Portuondo ha cobrado en comisiones 2 milllones (que es mucho ¿no?) Ojo, hay que leer las tres eles.

  4. Jesus Sanz Perron
    23 de octubre a las 19:05 ·
    Aviso a navegantes: O sea, los demagogos de todo pelaje; o sea los que califican de populistas a los partidos emergentes; que no son otra cosa (los partidos emergentes) que, en efecto, populistas, o sea los que defienden programas del y para el pueblo; y a mucha honra cabría decir; que no es otra cosa que defender la res publica, la democracia, la opinión de la mayoría. Y los demagogos, por tanto, son los que califican a los partidos nuevos, a los populistas de demagogos. Ellos son lo demagogos, los que, conscientemente engañan al pueblo, los que pregonan bondades sin cuento para la gente y una vez conseguido el poder hacen caso omiso de sus proclamas y se dedican a gobernar sólo para unos cuantos. Así que, atentos.

  5. Cosas que pasan, que se ven, que se observan y al cabo dice uno: pero si esto lo he visto yo una y otra vez de esta manera y me he acostumbrado a verlo sin concederle ninguna importancia; eso es lo normal, lo convenido, lo cotidiano, lo que todo el mundo ve y a nadie extraña, todo está bien, todo funciona según las convenciones de toda la vida, así que nada importa, algo está mal, pero a nadie importa, hay que tirar “palante”, estas son las normas, todo el mundo las acata y no hay más que hablar. Rebelarse no servirá para nada, todo dios está de acuerdo, nadie protesta, todos estamos drogados, salimos y aplaudimos; y en casa quizá algo nos molesta pero seguimos aplaudiendo. Las calles, las plazas, los jardines todo está sucio, pero vamos caminando tan convencidos de que estamos en el mejor de los mundos; sí, aquí hay un desperfecto, sí, algún gamberro, bah, no es nada, y seguimos, y vemos cosas, muchas cosas y nos parece que están en su sitio. Y hasta aquí hemos llegado. Resulta que todo es mentira, que todos estamos contaminados y que el acelerador está en la cúspide, mandando con imperio y si no; ah¡, si no. Si no, usted se las verá con la autoridad competente y “hasta ahí podíamos llegar” “¿usted sabe quién soy yo?” “usted se va a enterar” “no sabe usted con quién se está gastando los cuartos” “qué desfachatez” “usted es un sinvergüenza” “habrase visto…¡¡”

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